Siete criterios para escuchar ecos intertextuales

[Tomado, traducido y adaptado de Richard B. Hays, Echoes of Scripture in the Letters of Paul (New Haven: Yale University Press, 1989).]

Debemos contar con diversos grados de certeza en nuestros esfuerzos por identificar e interpretar los ecos intertextuales. A veces, el eco será tan fuerte que sólo el lector más torpe o ignorante podría pasarlo por alto (ej., Ro 10:5-10); otras veces habrá espacio para serias diferencias de opinión sobre si una frase concreta debe ser escuchada como un eco de un texto anterior y, en caso afirmativo, cómo debe entenderse (ej., Ro 2:9). La precisión en este tipo de juicios es inalcanzable, porque la exégesis es un modesto oficio imaginativo, no una ciencia exacta; aun así, es posible especificar ciertas normas generales que podrían ayudar al artesano a decidir si debe tratar una frase concreta como un eco. Propongo los siguientes criterios para comprobar las afirmaciones sobre la presencia y el significado de los ecos bíblicos en Pablo.

(1) Disponibilidad. ¿Estaba la fuente del eco propuesta a disposición del autor y/o de los lectores originales? En el caso del uso que Pablo hace de las Escrituras, rara vez tenemos que preocuparnos por este problema. Su práctica de citación muestra que conocía prácticamente todo el conjunto de textos que posteriormente fueron reconocidos como canónicos dentro del judaísmo,[1] y que esperaba que sus lectores compartieran su reconocimiento de estos textos como Escritura. Este criterio implica que el eco es un tema recurrente diacrónico: los análisis del eco literario sólo son posibles cuando se conoce el orden cronológico de las diferentes voces. Por eso, por ejemplo, los intentos de demostrar alusiones a las enseñanzas de Jesús en las cartas de Pablo siempre han resultado poco concluyentes: los Evangelios son posteriores a las cartas de Pablo, y éste muestra relativamente pocas pruebas directas de haber conocido las tradiciones que contienen. En consecuencia, las afirmaciones particulares de que Pablo puede estar haciéndose eco de la tradición de Jesús siempre llevan una pesada carga de prueba. No ocurre lo mismo con los ecos de las Escrituras.

(2) Volumen. El volumen de un eco viene determinado principalmente por el grado de repetición explícita de palabras o patrones sintácticos, pero también pueden ser relevantes otros factores: ¿cuán distintivo o prominente es el texto precursor dentro de la Escritura, y cuánto énfasis retórico recibe el eco en el discurso de Pablo? Por ejemplo, 2 Co 4:6 debe entenderse como una alusión a Gn 1:3-5, aunque sólo se haga eco explícitamente de las dos palabras luz y oscuridad. Aquí la fuente es el característico y memorable relato de la creación del Génesis, y Pablo ha colocado el eco en el clímax retórico de una unidad de su carta.

(3) Recurrencia. ¿Con qué frecuencia cita o alude Pablo en otros lugares al mismo pasaje bíblico? Esto se aplica no sólo a palabras específicas que se citan más de una vez, como Hab 2:4, sino también a porciones más amplias de la Escritura a las que Pablo se refiere repetidamente, como Deuteronomio 30-32 o Isaías 50-54. Cuando existen pruebas de que Pablo consideraba un pasaje de especial importancia, hay que dar mayor credibilidad a los ecos propuestos del mismo contexto.[2]

(4) Coherencia temática. ¿En qué medida encaja el supuesto eco en la línea argumental que desarrolla Pablo? ¿Su efecto de significado está en consonancia con otras citas de la misma carta o de otras partes del corpus paulino? ¿Las imágenes e ideas del texto precursor propuesto iluminan el argumento de Pablo? Esta prueba comienza a ir más allá de la simple identificación de los ecos para plantear el problema de cómo interpretarlos.

(5) Plausibilidad histórica. ¿Podría Pablo haber pretendido el supuesto efecto de significado? ¿Podrían haberlo entendido sus lectores? (Siempre debemos tener en cuenta, por supuesto, que Pablo pudo haber escrito cosas que no eran fácilmente inteligibles para sus lectores). Esta prueba, de carácter histórico, requiere necesariamente construcciones hipotéticas de lo que podrían haber pretendido y comprendido determinados personajes del siglo I. El valor de la prueba es que nos hace desconfiar de las lecturas que convierten a Pablo en (digamos) un luterano o un deconstruccionista. Una de las implicaciones de este criterio es dar una seria preferencia a las propuestas interpretativas que permiten que Pablo siga siendo judío. Por muy extraño o controvertido que fuera como lector de las Escrituras, era un lector judío decidido a demostrar que sus lecturas podían ocupar un lugar respetable dentro del discurso de la fe de Israel.

(6) Historia de la interpretación. ¿Han escuchado otros lectores, tanto críticos como precríticos, los mismos ecos? Las lecturas de nuestros predecesores pueden comprobar y estimular nuestra percepción de los ecos escriturales en Pablo. Aunque esta prueba es un posible freno a la arbitrariedad, también es una de las guías menos fiables para la interpretación, porque los lectores cristianos gentiles perdieron en una fecha muy temprana el sentido de urgencia de Pablo para relacionar el evangelio con los tratos de Dios con Israel y, algo más tarde, comenzaron a leer las cartas de Pablo dentro de la matriz interpretativa del canon del Nuevo Testamento. Un contexto social y religioso radicalmente divergente engendró una importante revisión hermenéutica al situar las cartas de Pablo en un espacio intertextual diferente: el espacio definido preeminentemente por los cuatro Evangelios canónicos y los Hechos de los Apóstoles. Por eso sostengo con frecuencia que la tradición cristiana ha distorsionado la voz de Pablo o ha pasado por alto sus matices. (Como observa Frank Kermode, «la insuficiencia interpretativa de nuestros predecesores es asumida por todos nosotros, independientemente de cómo la expliquemos»[3]). Una exégesis históricamente sensible puede recuperar los ecos previamente amortiguados o ahogados. Hollander describe el discernimiento crítico de los ecos como un proceso de reclamación: «El lector de textos, para escuchar los ecos, debe tener algún tipo de acceso a una voz anterior, y a su cueva de significación resonante, análoga a la del autor del texto posterior. Cuando ese acceso se pierde en una comunidad de lectura, lo que puede haber sido una alusión puede desvanecerse en prominencia; y, sin embargo, una recuperación erudita del contexto restauraría la alusión, revelando la intención así como mostrando los medios»[4].Una investigación de la historia de la interpretación puede ampliar la gama de posibles lecturas del uso que Pablo hace de la Escritura, pero también puede llevarnos a un estrechamiento del potencial hermenéutico de las colocaciones intertextuales de Pablo. Por ello, este criterio no debería utilizarse como prueba negativa para excluir los ecos propuestos que se recomiendan por otros motivos.

(7) Satisfacción. Con o sin la confirmación clara de los otros criterios enumerados aquí, ¿tiene sentido la lectura propuesta? ¿Ilumina el discurso circundante? ¿Produce para el lector un relato satisfactorio del efecto de la relación intertextual? Este criterio es difícil de articular con precisión sin caer en la falacia afectiva, pero es finalmente la prueba más importante: es de hecho otra forma de preguntar si la lectura propuesta ofrece un buen relato de la experiencia de una comunidad contemporánea de lectores competentes. Nos preguntamos si, cuando nos hace señas para que escuchemos, oímos una música tenue que reverbera a nuestro alrededor. Si es así, nos ha enseñado a leer el texto con una penetración crítica que nunca habríamos podido alcanzar sin su ejemplo. .

Siempre hay sólo matices de certeza cuando se aplican estos criterios a textos concretos. Cuantos más de ellos encajen claramente, más seguros podremos estar a la hora de hacer una interpretación del efecto eco en un pasaje determinado.


NOTAS

[1] Dietrich-Alex Koch, Die Schrift als Zeuge des Evangeliums: Untersuchungen zur Verwendung und zum Verständnis der Schrift bei Paulus (BHT 69; Tübingen: J. C. B. Mohr, Paul Siebeck, 1986), 32–48.

[2] Esta prueba es similar al método empleado por Dodd en su sección sobre “The Bible of the Early Church” (According to the Scriptures, 61–110).

[3] Frank Kermode, The Genesis of Secrecy: On the Interpretation of Narrative (Cambridge: Harvard University Press, 1979), 17.

[4] John Hollander The Figure of Echo: A Mode of Allusion in Milton and After, 65–66.

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